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jueves, 8 de septiembre de 2011

¿Bien común?


Un día Antonio se levanto tarde de la cama. No era especial que se levantara tarde. Los días se han venido desarrollando durante los últimos años entre levantadas tardes y levantadas temprano, algo normal. Ese día en realidad no tenía nada de extraño, no ocurriría nada especial, era seguro. Antonio cumplió su rutina como era habitual, el agua tibia, el café caliente, las medias en su cajón. Al salir de su casa rumbo a la oficina en donde fungía como ejecutivo de finca raíz, se encaminó al transporte público que normalmente está saturado de personal, típico a la hora pico.
Grandes filas abarrotaban las taquillas, afortunadamente existen estos tubos a lado y lado para evitar que alguien intente tomarse un puesto. Luego una nueva fila para poder ingresar a la estación, esta si requiere algo de astucia para lograr sobrepasarla. Caminar durante un apretado pasillo y llegar hasta el punto en donde nuevamente una larga columna humana esperaba la entrada al transporte. Le atraía mucho estas circunstancias tan difíciles y que cualquiera probablemente preferiría evitar. Veía como de manera arbitraría algunas personas intentaban meterse sin hacer fila. Esperar. Sabía cuál era el momento en el que debía actuar. La mirada hacia el occidente esperando el articulado rojo designado con una letra y dos números.
Cada llegada es descartada mientras la gran mancha humana se hace más grande. Las ansias se crispan, las manos se empuñan, los pies sobre la punta, preparado. Frente de la muchedumbre un bus rojo se estaciona y abre sus puertas: la faena ha comenzado: rápidamente deja su hombro hacia adelante el que mueve como para empujar sutilmente a los que viene adelante. Se imagina como un guerrero luchando en medio de la batalla. Muchos gritan, otros empujan, cada uno de ellos tiene en la cabeza la misma idea, ser un guerrero luchando… ¿por qué lucho entre ésta gente? Se pregunta y en su mente aparece la agria cara de su jefe.
Ese impulso de “empujar” se hace presente durante el día, se ha desarrollado a lo largo de su vida. Sus padres desde muy niño lo enseño a “empujar”- el vivo vive del bobo y el bobo de papa y mama -. “Empujar” es la alternativa moderna de hacer batalla, o por lo menos algo más cercano a lo que es una batalla a espadas en un campo de guerra. La lucha cuerpo a cuerpo en una circunstancia diferente al sexo, pero igual de íntima. Ha sido un empujador adaptado a la civilización, un empujador que no recibe ningún insulto. Su técnica es refinada y logra posicionarlo dentro del selecto grupo que deja parte de su traje aprisionado entre las puertas neumáticas.
No lo sabe Antonio, pero ese impulso hace parte de él. Y no es el único que lo tiene. El hombre que realiza la entrevista de trabajo, su propósito es dejar a la mujer bella, la del escote profundo y la falda de lino ajustada. “Empuja” a un lado los demás e inconsciente o conscientemente le ofrece más atención a ella. La mujer con el cura; la estudiante con el profesor; el hombre con el jefe; el niño con el juguete; todos empujan para su propósito. Claro, unos con mayor osadía que otros y eso es lo que los diferencia. La osadía de Antonio lo hace incomodo de alguna manera, como a cualquiera que empuja con osadía, como la mujer al cura o el hombre a los que pretenden una plaza en su trabajo. Muchos llaman en Colombia a esa osadía, la de abrirse paso a como dé lugar, malicia indígena y es tan utópico pensar en su desaparición como pensar en un transporte eficiente para la gran ciudad. Nuestro sistema está sustentado en la competencia y para lograr un objetivo hay que “empujar”, hay que abrirse paso, como un principio de de lo que es “ser humanos”.
¿Es utópico, pregunto yo, pensar en una sociedad que se mueve por el simple estímulo del beneficio social? Ejemplos claros lo vimos en los japoneses, un país mucho más pequeño y con un desarrollo claramente disparado del nuestro. Pero ¿podríamos decir que no hay competencia entre sus habitantes? Yo creo que la hay como en cualquier lugar del mundo y que la competencia entre ellos permitió el desarrollo del país. En algún aspecto recordaron el bien común, en el que la unión ayuda a su evolución, mucho más que hacer protestas y tirar piedra, o hacerle fuerza a un equipo de fútbol. Lo que queda entonces es averiguar qué beneficio podríamos sacar de la unión de nuestros esfuerzos.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Ningún ser humano acabará con el planeta


Lo puedo decir con seguridad sin temor a equivocarme, no existe la más remota posibilidad de que nuestros actos acaben con este planeta. Nada de lo que nosotros podamos hacer puede siquiera hacerle una simple herida. Si llegáramos a hacerle una pequeña cortada sangraría como si se hubiera arrancado un pelo de su legendaria barba.

Esa alarmante idea de que seremos a futuro los destructores de este planeta, viene de esa exagerada idea de que somos especiales. A alguien se le ocurrió que si creaba una estrategia para lograr hacerles creer a los demás que nuestros pasos eran dirigidos por un “don”, que cada acto o decisión tomada estaba registrada en el “gran libro del porvenir”, luego de un complicado análisis cacuménico lograría manipular sus voluntades ofreciéndose como el enviado por la gran fuerza para conectar los deseos de los hombres a los actos divinos.

Entonces todo pensábamos que si éramos la gran obra de un poderoso demiurgo, eso nos hacía especiales y podríamos tomar cuanto el gran poderoso ha dejado para nuestras necesidades, cada vez más exigentes. Entonces llegó el momento de ver que de tomar y tomar lo que se supone nos dejo el todopoderoso, nos estamos quedando sin nada. Y todo esto sigue girando alrededor de la idea de lo especiales que somos, por encima de cualquier otra obra omnipotente, lo que nos llevó a pensar que podríamos destruir su obra. Es claro, la gran desfachatez del hombre nacida de su soberbia, presupone en nuestras febriles mentes que somos hijos de poderosos y por eso mismo creados poderosos y por consiguiente capaces de destruir una menor obra llamada tierra.

No, ningún acto que podamos cometer en contra de este planeta podría destruirlo. Chernóbil no es más que una herida escondida debajo de una gran selva. Lo que sí podemos lograr es desaparecernos a nosotros mismos. En adición a esto, cada acto que seguimos cometiendo sin freno y sin conciencia, justifican nuestro último acto de extinción. Hay que estar claros, si la especia humana desaparece no quiere decir que así mismo desaparezca el planeta. No. No somos tan especiales. Pensemos que el planeta es una cabeza cundida de apestosos piojos, ¿qué haría el planeta como el ser vivo que es? Exacto, eliminarlos para aliviar su padecimiento. Eso mismo pasará con nosotros. Lo ríos seguirán su cauce limpiando los desastres dejados, los animales podrán conquistar sus terrenos perdidos, el clima volverá a ser lo que era antes.

Olvídenlo, ningún ser humano acabará con el planeta, solamente será el causante de su propia desaparición.

Se derramará


Últimamente mientras camino, muchas ideas como punzón intentan rebasar el umbral óseo de la jaula que sin querer he fabricado para ellas. No es el efecto de la tensión arterial estrujada por años y años de nicotina ni el estrés de los estudiantes, que para el que sabe del asunto, lo justifica todo. Parece haberse acumulado tal cantidad de ideas, es tanta la sobrepoblación que sin poder dar un paso más, sin soportar un olor más de sus congéneres, han decidido buscar cualquier punto débil de la prisión involuntaria y me han dejando vulnerable caminando mientras de manera espontánea muevo las manos o me descubro hablando solo. Pensaba que una de mis cualidades era la del silencio, pero he llegado a hablar tanto que he descubierto a mi padre embotado con otras ideas y afirmando con la cabeza como esquivando con este ademán las palabras que a borbotones salen de mi boca. No lo soporto más, tendré que rendirme a sus exigencias. Caeré con todo mi peso sobre la silla, dejaré que poco a poco mi cuerpo pierda el equilibrio y en un estruendo replicado en un eco lejano, mi cabeza rompa con la superficie de esta mesa pixelada y al quebrarse la gran mancha de ideas se derrame por el abismo del anonimato.